5/11/17

De inteligencia emocional, II

Como educador tengo claro que es importantísimo, necesario, básico y primordial hacer hincapié en el estudio de las emociones. Será porque soy músico desde que tengo uso de razón, aunque los primeros recuerdos en realidad están anclados en las emociones más intensas (y se afirma que la música coadyuva a equilibrar los hemisferios cerebrales, desarrollando especialmente el derecho, a diferencia de tantas materias que sólo desarrollan el izquierdo, de modo que "producen" una cosmovisión hiper-racionalista).

Supongo que haber prestado tanta atención a detalles tan pequeños, tan variados en el flujo constante del tiempo (las palabras favoritas de mi profesor de piano, un hábil docente que siempre escuchaba, que sabía expresarse, que sabía animar cuando era el caso, que siempre me acompañó y hoy, treinta años después, es uno de mis mejores amigos y casi de la familia, esas palabras, como decía, eran "conciencia" y "sutil") me habrá ayudado a poder conectar con mis emociones, desgranarlas en la medida que he podido, etcétera: pianissimo, piano, mezzo-piano, mezzo-forte, forte, fortissimo, serían correlativos, por ejemplo, de los distintos grados de intensidad de una emoción concreta que sintiera posteriormente. Lo mismo con la duración (por ejemplo, negra, negra con puntillo, blanca, redonda...), del mismo modo los sentimientos, esas "emociones a lo largo del tiempo", o la tímbrica (los "colores de la música", la parte sinestésica), o las alturas, cuyo grado de sutileza o discriminación puede "afinarse cuasi infinitamente, hasta límites tendentes a lo mínimo, al casi cero, a lo infinitesimal... progresivamente pude captar distancias soniras inferiores al semitono, percibir con mayor "conciencia" armónicos superiores (en la naturaleza con menor intensidad progresivamente se "asciende", ¿o debería decir "bucea"?).

En cualquier caso hablamos de profundizar en el conocimiento, el conocimiento de nuestro mundo propio emocional, cómo es el de los demás, y cómo poder ayudar a otros (nuestros alumn@s, compañeros, familia, y, ¿por qué no? claro, el resto de personas y seres (no en menor grado de consideración todos los "no humanos", como si tuvieran que tener una etiqueta de distinto rango) que habitan esta "bolita" que es nuestro planeta. En esa aventura me he "embarcado" en este periplo hoy, el viento sopla a favor, me gusta sumergirme y sentir, así que voy a permitir a mi inteligencia (eso que está hace más tiempo en el cerebro de mis antepasados, en la parte "superior" del cerebro, como leí en una metafora, esa cebolla a capas, y que desarrolló después en la filogénesis) captar todo lo posible de la parte "inferior" (insisto, de igual rango, que nadie se confunda con lo relativo de las palabras, que una vez escogidas, aunque sea una sola, dicen más de lo que uno quiere decir), de eso que apareció primero en mi ontogénesis (y en la de cualquiera que esto lea).

Porque "el corazón (la emoción) tiene sus razones (sus propios "argumentos", modo de ser y hay que conocerlo), y tengo claro, por propia intuición que son "razones" poderosas, convincentes, aunque hablen sin palabras... de alguna manera han llegado a nosotros como supervivientes de un viaje de miles de años. Emociones, una buena guía de buceo por mares procelosos, como parece que a veces puede ser la existencia. La manera de convertir lo que parecen olas tremendas (o aspas gigantes quijotescas) en "borreguitos" (como dicen en Cádiz a las olas pequeñas blancas, que parecen lomos de ovejitas por salitre) o simples molinos sanchopancescos, por terminar el símil cervantino.