29/9/13

Eduardo del Pueyo/Miguel Baselga, II

El Del Pueyo que yo conocí era ya un anciano. Nada que ver con el de los cabreos ciclópeos de los que me habían hablado. Estaba recién jubilado en 1981, cuando yo llegué a Bruselas. Las clases eran en su casa, te recibía abajo en su estudio, siempre vestido impecablemente con chaqueta y corbata (alguna rara vez se permitía la libertad de recibirte en pantuflas o con un jersey) y durante toda la clase (como mínimo de dos horas, a veces más aunque su mujer Josette se encargaba de que nunca fuera mucho más…) apenas se movía del sillón. Estaba enfermo, cascadico que diríamos en Aragón pero nada senil, al contrario. Despierto, mordaz. No se le escapaba ni una.
Solíamos hacer una pausa a medio camino. Momento en que su mujer aprovechaba para traernos algún zumo indescriptible: de rábano, apio, zanahoria o puerro. “Eduagdo, Eduagdo, tómate esto que te sentagá bien”. Asentía dócilmente con la mirada y al rato me soltaba en voz baja un “No te cases nunca hijo, NUNCA”. No le hice caso y la verdad que con el tiempo me he arrepentido.

En esto de la guerra de sexos, tenía las cosas muy claras. Aún no sé muy bien por qué, después de tocar un día el Largo e mesto de la op.10 nº3 me dijo “…para tocar esto hay que ser un hombre”. Yo lo interpreté como que la madurez era indispensable o algo así pero no, en realidad se refería a hombre en el sentido literal de la palabra: “No no, un hombre. Lo contrario de una mujer”. Ahora con eso de la cuota, el talante y demás correcciones políticas está mal visto. Eso sí, me enseñó unos pedales fabulosos que jamás he visto hacer a otros pianistas.
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