20/3/16

Industria musical y sueños prefabricados

Es el subtítulo del impactante y demoledor libro de Jon E. Illescas (Orihuela, 1982) basado en su propia tesis doctoral, llamado "La dictadura del videoclip" en la editorial El Viejo Topo. Digo demoledor porque su autor, analiza en profundidad y con total transparencia y sentido de la denuncia, si hace falta, el mundo de la industria musical a través de los clips en sus 454 páginas (obra que incluye 149 páginas adicionales con cuatro interesantes anexos: los 500 clips más visitados en Youtube, los 100 que recomienda ver, un listado de canciones censuradas y una clasificación de personalidades en función de su impacto internacional en función del número de idiomas a que han sido traducidos en una conocida enciclopedia de internet, más una completísima bibliografía, 1352 notas y un índice analítico, tanto de citados como de conceptos). Ofrece además estimulantes viñetas previas a cada capítulo a cargo del creativo y genial Miguel Brieva (Sevilla, 1974).

En un post anterior hablábamos en esta bitácora de gustos musicales generales de la juventud y cómo estos se circunscribían armónicamente a un reducido número de acordes (por no hablar de empobrecimiento musical). Mientras leía esta obra me venía a la mente en muchas ocasiones cuando yo era muy joven también y me tomé muy en serio la educación de mi propio hermano menor (nadie me lo encargó, pero era ya consciente de su importancia) respecto a que supiera ver la televisión críticamente, que supiera interpretar su lenguaje, en otras palabras, que no aceptara sin más  todo lo que viera y escuchara en ella. Algo similar ocurre con el mundo de los videoclips, si no se produce una intensa alfabetización audiovisual, por la que el autor aboga, no habrá receptores inteligentes y por ende no se estimulará la creatividad en sentido contrario, en el del emisor de arte, en cualquiera de sus vertientes.

Repasa la historia del videoclip, desde los panoram soundies o soundies a los scopitones, hasta llegar al considerado el primer clip comercial contemporáneo, de 1975, éste:
y hace una pequeña biografía crítica de la mayoría de las estrellas de la música actual, por orden de visionados en la principal página de vídeos de internet: Rihanna, Eminem, Justin Bieber, Pitbull, Katy Perry, Chris Brown, Miley Cyrus, Bruno Mars, Shakira, Beyoncé, Nicki Minaj, One Direction, Lady Gaga, Lil Wayne, David Guetta, Jennifer Lopez, Taylor Swift, Britney Spears, Wiz Khalifa, The Black Eyed Peas, entre otras más...

Leer "La dictadura del videoclip" también me trajo recuerdos de un curso que realicé sobre creatividad y música en el que se analizaba el "currículum oculto" de muchos vídeos de estos/as cantantes y un profesor asistente hizo un comentario un día, y voy a suavizarlo todo lo que pueda: "hoy no se pone un vídeo de esas personas ligerísimas de ropa?". Su palabra exacta, que resumía el vídeo, nos hizo recordar a todos que para hacer arte realmente no es necesario aparecer medio desnudos en todas las obras. Es fácil caer en el erróneo "efecto halo" ("si es guapo/a y famoso/a entonces canta bien")...

Sigo pensando muchos años después igual, que en la industria musical no todo debería valer, que los artistas no deberían "vender su alma" y decir "sí, bwana" a todo lo que le pidan. Poner a un nuevo artista en el estrellato internacional cuesta como media, aproximadamente, un millón de euros. Pero el que paga no tiene por qué mandar absolutamente en todas las facetas de un creador a través de los contratos llamados "de 360º" hasta el punto de que éste se convierta en una marioneta sin voluntad, en un mero rentista de su cuerpo o casi un "anuncio andante" (product placement).

A base de payolas (pagos por difusión, por publicidad musical), unas pocas empresas pueden concentrar hasta el 95% del producto que los jóvenes consumen (clips, muy por encima de libros y películas), provocando una especie de aprendizaje vicario que apuntale mediante la repetición abusiva (podemos cerrar los ojos en los espacios públicos, pero más difícil es hacerlo con las orejas, si no es con la intervención de las manos ;) encontrándose en una especie de espacio de contaminación sónica -por el incremento gradual del volumen- y musical -por lo exiguo de la oferta, como demuestra el libro, elegir entre muchos moldes pre-establecidos similares no es elegir realmente, es como si todo el menú fuera carne, sin variación ni variedad, nunca mejor dicho lo de carne ;)
Como consuelo queda que en la nota veinticinco cita cierto estilos musicales como fuera del mainstream o corriente principal: heavy, soul, indie, jazz y música clásica, especie de nichos con público pequeño pero fiel en los que se encuentre menos valores individualistas, narcisistas, competitivos, sexistas, lucrativos... La música no debería ser reducida a mero negocio sin más implicación ni consecuencia. El arte no puede ser sólo business. 

Y no olvidemos nunca que en una canción la letra es la que transmite el mensaje principalmente, la imagen (que vale más que mil palabras) la refuerza llegando directamente a lo más profundo del cerebro -que asume por aprendizaje "vicario"- y la música (de estos tres elementos, el más "inocente", a mi modo de entender, pero no menos importante), por ser un elemento más abstracto (una misma escala o progresión de acordes la podemos encontrar en muchos estilos diferentes con muchos significados distintos) se convierte en una manera más de llegar a las emociones profundas, pero sin olvidar que es la letra la que lleva el "contenido".

Vd. es libre de entrar de lleno en el mundo del consumismo de sucedáneos sónicos (que le puede conducir al consumismo desaforado general, según el libro) y también, mediante la información, tomar otras vías. ¡Si quiere saber más sobre los entresijos, intencionalidades, personas, personalidades, personajes y personajillos, curiosidades y hasta injusticias de la industria musical internacional, "La dictadura del videoclip" seguro no le dejará indiferente!

Más info:
blog del autor
en facebook
email

Sobre la obra:
En El Confidencial
En Diagonal
En CulturPlaza
En DiarioFolk
En El Periódico